De clases de yoga y pandemias: El año se acaba.

Hace un año estábamos dispuestos, por estas fechas, a emprender un viaje a India con el objeto de estudiar con el maestro Srivatsa Ramaswami el maravilloso texto del Yoga Yajñavalkia. Habíamos empezado un proceso de Inmersión en Vinyasa Krama y estábamos contentos en nuestro local de la calle Redondilla, nuestras clases presenciales, el ir y venir de practicantes por la shala, el yogi tea de después de las clases…

Al volver de India, de un viaje precioso cargado de enseñanzas, estalló la pandemia mundial. Esta del coronavirus, COVID-19, o como dice un amigo, la crisis del Covirán. Los primeros días fueron muy locos. De mucho no saber qué hacer, llenos de incertidumbre, pero donde muchas de las cabras del yoga tiramos al monte del online por primera vez, sin pensárnoslo. Sin saber nada de nada. Nunca lo habíamos hecho.

Nosotros fuimos unas de esas cabras que tiró al monte Skype y a la cordillera Zoom. En principio, si dos meses antes nos dicen que tenemos que hacerlo… Decimos que ni en sueños, el yoga ha de ser presencial. La presencia transforma al que enseña y al que es enseñado. Pero amigos… la realidad manda, y esa realidad nos mostró un nuevo camino para estar, compartir y enseñar yoga. Nosotros lo abrazamos, a regañadientes, pero lo abrazamos.

Pasados ocho meses desde que estalló la pandemia, podemos decir que, no siendo el medio natural del yoga, es muy buen medio para mantener la práctica, seguir avanzando, no desconectarse. Que si estudias el medio encuentras el espacio de presencia del que hablábamos más arriba.

Nosotros optamos por grupos reducidos, de cuatro personas al principio. Cuando dominamos esto, optamos por un máximo de ocho. Nos parece que es una manera de poder atender a todos y cada uno de los practicantes que se conectan con nosotros. De darles lo que se merecen, una atención personalizada.

Hemos visto como todas nuestras alumnas y alumnos han avanzado, han encontrado un lugar de conexión con su práctica y con ellas mismas en cada sesión. Cuando después de cinco meses alguna alumna ha venido a una de nuestras clases presenciales ha sido mágico. El avance ha sido tremendo, su práctica ha mejorado en estos meses. Lo que ha mejorado, sobre todo, es el espacio interno que se genera en la esterilla, la intimidad del practicante. Ese espacio tan difícil de conseguir.

El trabajo online, hemos comprobado, en la mayoría de los casos, ha hecho que dejemos de estar mirando/sintiendo qué hace la persona de la esterilla de al lado. Nos ha llevado hacia nosotros, en ese sentido es un gran logro, de los más difíciles. Hacer la práctica nuestra y no competir son dos de las metas sutiles de esto que es el yoga.

Como profesores, online hemos aprendido a ser más precisos si cabe en la instrucción, a refinar la observación de la practica del alumno, a escuchar aún más. Online hemos aprendido vivencialmente que esto del yoga no es más que una relación. La relación que establecemos con el profesor, la que establecemos con la práctica, la que establecemos con nosotras mismas y con los demás.

Con todo amor y agradecimiento queremos dar las gracias a nuestros alumnos y alumnas, a las que están, a los que estuvieron durante todo este proceso, a los que vendrán. Queremos deciros que nos sentimos privilegiados por compartir con vosotros está hermosa relación que es el YOGA.

¡¡¡Gracias!!!

De clases de yoga y pandemias: El año se acaba.